El cortacésped

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El éxito solo depende de ti”… ¿Qué podrías llegar a sacrificar para alcanzarlo?

Sinopsis

“Producciones abismales” no volverá a recibir la ayuda económica del Ministerio de Cultura que le ha permitido subsistir como compañía de teatro durante los últimos veinticuatro años. A cambio, les envían un coach de aceleración digital que les promete un despegue fulgurante siempre que acepten ciertos sacrificios… ¿Conseguirán suficiente velocidad para llegar a las estrellas o más bien para caer al abismo?

Público: Adulto y juvenil (recomendada mayores de 12 años)
Género: Comedia
Duración: 80 minutos

Ficha artística

Dirección: Verónica Pérez

Dramaturgia: Jorge Jimeno

Interpretación: Eva Sáez, Ruinas Planchuelo y Jorge Jimeno 

Actor de reemplazo: Jorge Arche

Escenografía y Vestuario: Sandra Espinosa

Diseño de iluminación: David González

Diseño gráfico: Plan B Estudio Creativo

Fotografía: Daniel G. Pelillo

Producción: Montajes en el Abismo con el apoyo de la Comunidad de Madrid

Nota del autor

Interés y fundamentos de la propuesta dramática

El cortacésped aborda la frenética aceleración del progreso en estos tiempos modernos. Pareciera que los ritmos humanos se ven superados en muchas ocasiones por una velocidad en constante multiplicación. ¿Es el teatro lugar de refugio? ¿Lo será acaso de resistencia?

La sociedad contemporánea está enmarcada en una lógica temporal que parece natural y de la que no se puede encontrar un responsable. El filósofo y sociólogo Hartmut Rosa, en su teoría crítica de la temporalidad en la modernidad, define la aceleración social y enumera los motores que autoimpulsan un sistema que se realimenta positivamente y que solo es estable de manera dinámica, es decir, en continua aceleración incremental. 

Rosa define tres tipos de aceleración en la modernidad: de la tecnología —que permite que los procesos de transporte, comunicación y producción se hagan cada vez a mayor velocidad—; del cambio social —caracterizado por la inestabilidad de las estructuras sociales y culturales—, y del ritmo de vida —a pesar de la aceleración tecnológica, existe un creciente hambre de tiempo para poder hacer cada vez más cosas—. 

Y para mantener esas aceleraciones, identifica como motores externos a la competencia y a la promesa de eternidad, esa que intentamos alcanzar viviendo todas las opciones posibles. 

Incluso cuando pareciera que el ser humano toma conciencia de la importancia del descanso, del reposo, del cuidado, se nos muestra como una mera estrategia para coger fuerzas y resultar aún más competitivo en la vuelta al sistema.  

Rosa también intenta encontrar respuesta a la motivación del ser humano para aceptar ser parte de un sistema patológico que parece conducir a angustias, ansiedades, depresiones y otras enfermedades propias de esta última etapa de la modernidad. ¿Qué es lo que buscamos y lo que esperamos?

A partir de esa pregunta, Rosa desarrolla una teoría sociológica de la relación con el mundo que tiene como base el anhelo de Resonancia, un anhelo que lleva a los humanos a correr frenéticamente en una rueda de hamster. 

Simplificando —mucho— la Teoría desarrollada por Rosa, podríamos decir que ese anhelo de resonancia se resume en la necesidad de cada ser humano de no sentirse olvidado por el mundo, de encontrarse en relación dialéctica con todo lo que le rodea y, fundamentalmente, de ser reconocido —incorporando y superando la teoría desarrollada por Honneth alrededor del reconocimiento social.

Pero la modernidad ha errado en la estrategia de búsqueda de dicha resonancia; una estrategia que intenta poner más mundo a disposición del ser humano. Un mundo que —en términos resonantes— está cada vez más lejos y que se muestra mudo y frio.  

Rosa demanda un cambio de paradigma cultural que ponga fin al régimen competitivo establecido para alcanzar un objetivo imposible —o en todo caso inalcanzable de manera estable—. Una lucha social que conduce al ser humano a la instrumentalización de todo lo que rodea —recursos materiales y recursos humanos—, y a una autoculpabilización por no ser suficientemente bueno, disciplinado y, en último caso, no aprovechar bien el tiempo. 

Y ese cambio de paradigma cultural tendría que poner el foco en otra relación con el mundo. Una relación que, según Rosa, debería estar orientada hacia la resonancia.

Rosa no incluye en su teoría cómo se podría poner en práctica ese cambio de paradigma, aunque apunta al salario mínimo universal como primera medida para garantizar la cobertura de las necesidades básicas. Sin ellas, cualquier elucubración sobre resonancia y otros anhelos parece ser totalmente inútil e incluso frívolo.

A partir de los fundamentos planteados por Rosa y otros autores afines —Santiago Alba Rico y sus múltiples ensayos sobren los peligros de la acumulación y el olvido de los cuerpos; Remedios Zafra y su discurso sobre la instrumentalización del entusiasmo y la vocación; la sociedad del cansancio y de la transparencia de Byung-Chul Han, etc.— El cortacésped plantea una comedia que nos permita reflexionar, de manera individual y colectiva, sobre esta aceleración que pareciera estar volviéndonos a todos locos. 

Los personajes

Mariano y Patricia reciben una ayuda anual del Ministerio de Cultura que les permite subsistir económicamente. Así llevan casi veinticinco años, pero para Mariano eso no es suficiente. Más allá de la sostenibilidad económica —siempre inestable de todos modos— Mariano busca otra cosa. ¿Será acaso el reconocimiento? ¿El reconocimiento por parte de quién?

Mariano ha entrado en la lógica competitiva del mercado y ya solo busca respuestas resonantes en la oferta y la demanda que lo caracteriza. Pero el mercado es frío, mudo. En él todo se instrumentaliza, y pareciera nunca dar una respuesta gratificante. Y cuando ocurre un pequeño logro, resulta insuficiente porque solo dura un instante. Enseguida hay que seguir corriendo. 

Mariano busca el reconocimiento, pero no le sirve el del público, sino solo el de aquellos espectadores que le pueden suponer un incremento competitivo. En esa misma línea, para poder contabilizar e instrumentalizar la reacción del público, Mariano tiene como objetivo que los espectadores canten de forma espontánea al final del espectáculo. 

Patricia, contrapeso de Mariano en el sistema que ambos forman, ve el valor intrínseco de su trabajo, las posibilidades resonantes que les brinda el teatro como lugar de encuentro. Mariano apenas presta ya atención a dicho encuentro; busca otra cosa aunque no sabe muy bien el qué. 

Patricia quiere transformar el mundo. También quiere transformar a Mariano para que vuelva a ser aquel que ella conoció al inicio de su relación. Pero el mundo —y Mariano— se le escapan. No consigue tenerlos a disposición. Si no entra en el juego capitalista, si no consigue más actuaciones, si no tiene más encuentros con el público, si no gana competitivamente sobre el resto, parece que tampoco alcanza su objetivo resonante. Patricia no consigue transformar el mundo y consecuentemente —dentro de esa relación dialéctica resonante pretendida— tampoco consigue transformarse a sí misma. 

Por eso Patricia idea un juego —una obra de teatro— a través de la que buscará alcanzar a Mariano para que este experimente una catarsis que le transforme.

Mariano y Patricia comparten el miedo del humano moderno a la soledad, a quedarse rezagados, olvidados. Pero las estrategias que adoptan para superarlo son diferentes: Mariano acepta el reto competitivo e intenta correr más rápido; Patricia renuncia a la competición y apela a la empatía de los iguales, de todos aquellos que aún piensan que no están solos, de aquellos que aún creen que la resonancia es posible.

Fernando —coach enviado por el Ministerio de Cultura para conseguir que la compañía de teatro consiga multiplicar sus beneficios dentro de la lógica capitalista— encarna la aceleración. Hartmut Rosa postula en su Teoría que la aceleración es una forma de totalitarismo que somete a todas las personas. Y Fernando, como su personificación, se muestra como un dictador que marca las reglas de un sistema que —en realidad— no necesita autoridad que lo regente ya que es sostenido por su propio funcionamiento. 

Por último, Mariano encarna ese patriarcado sobre el que se asientan los valores que permiten el funcionamiento de este sistema fagocitador, un sistema que engulle todo lo que sale a su paso. Frente a una Patricia que cuida las flores del jardín, Mariano elige pasar un cortacésped que cuida las apariencias mientras guillotina, rápidamente, cualquier atisbo de vida que crezca en el jardín.

Lo que dice la crítica

Aún nadie nos ha criticado… a ver quién se atreve 🙂

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